Muchos padres sufren en tercera persona, y con cierta impotencia, el dolor y molestias que sus hijos experimentan con la salida -y posterior caída- de los dientes de leche. Por ello, es importante que sean los propios padres los que tengan unas nociones básicas para que puedan ayudar durante estas etapas a los más pequeños de la casa.

Desde el inicio de la erupción de los 20 dientes temporales, que comienza a los seis meses de edad y termina entre los dos y tres años, es importante llevar a cabo una correcta higiene bucal desde el primer momento, aunque los dientes se vayan a caer un tiempo después. Incluso, la higiene debe comenzar antes de la erupción de los dientes, ya que la estimulación oral permitirá a los bebés acostumbrarse a la manipulación de la boca y, además, ayudará a instaurar un hábito precoz.

La primera acción preventiva es la formación de los padres en aquellos aspectos necesarios para la participación activa en la consecución y mantenimiento de una buena salud bucal para sus hijos. Asimismo, los padres son quienes deben asumir la responsabilidad de la higiene hasta que los niños tengan suficiente destreza motora como para realizar una técnica de cepillado sencilla de forma correcta, lo que sucederá entre los seis y siete años. La infancia es la edad correcta ideal para el aprendizaje, por lo que para el niño debe ser parte de su aseo diario.

Los dientes de leche están menos mineralizados que los permanentes. Por ello, los niños sufren un desgaste dentario durante la infancia, algo que es incluso aconsejable, ya que es señal de que está llevando a cabo una masticación eficiente. Se conoce como masticación maseterina, de alta carga funcional, en contraposición con la masticación temporal, de baja carga funcional y en la que no se observa desgaste dentario. El desarrollo de una u otra depende de la alimentación del niño, ya que se van introduciendo progresivamente alimentos nuevos en su dieta, y la consistencia de estos va a forzar el desarrollo de la musculatura.

El flúor, un buen aliado

El flúor es un mineral que aparece de forma natural en todas las fuentes del agua, pastas dentífricas y enjuagues bucales, y que ayuda a combatir las caries. Utilizarlo en edades tempranas tiene una gran importancia preventiva en dientes temporales, ya que estos se deben exfoliar de forma fisiológica, y no por patologías como las caries, que pueden poner en riesgo los dientes permanentes.

Después de comer se produce una disminución del PH por los ácidos de la placa bacteriana que ocasionan la desmineralización, es decir, la pérdida de los minerales del esmalte de los dientes. El flúor se encarga de remineraziarlos, depositando minerales más duros y ayudando al fortalecimiento de los dientes. Provoca una inhibición de la placa bacteriana, y también tiene acción sobre ella como agente bactericida.

La importancia de los hábitos

Además de la importancia de la higiene, y para proteger tanto los dientes como las encías, cabe destacar que durante estas edades los niños pueden desarrollar hábitos que les lleven a maloclusiones. Estos hábitos, adquiridos durante el proceso de aprendizaje, pueden llegar a efectuarse de manera inconsciente. Las fuerzas labio y linguae son iguales en el espacio neutral, donde aparece la estabilidad dentaria, y hay factores que pueden alterar ese equilibrio.

Estos factores anatómicos favorecen una posición inadecuada de la lengua al deglutir, así como patrones musculares anormales y hábitos como la succión digital, la respiración oral por hipertrofia adenoides y/o amigdalar, que suelen estar en el origen de la mayoría de las maloclusiones.

Cuando hay interposición lingual, la lengua se posiciona hacia delante presionando contra las superficies lineales de los dientes que se vestibulizarán. Entre las causas de interposición linguae se encuentran la succión digital y la caída prematura en dentición temporal anterior.

La succión digital, el clásico hábito de chuparse el dedo, es el hábito más arraigado, persistente y de mayor dificultad de corrección. Es un estereotipo ante un estímulo oral que se considera normal hasta los dos años de vida, aunque entre un 10 y un 20% todavía lo realizan hasta los cinco o seis años de edad.

Por su parte, la respiración bucal puede deberse a obstrucción, hábito o alteraciones de la anatomía. Suele haber un compromiso de las vías aéreas superiores que impide la respiración normal como, por ejemplo, hipertrofia amigdalar. La lengua adopta una posición baja de modo que el aire pueda pasar a través. Esta postura de la lengua puede suponer una falta de crecimiento del maxilar y un aumento de la altura facial.

Para crear hábitos saludables, la infancia es el mejor momento. Los mayores beneficios se obtienen si la primera visita al dentista se realiza entre los seis y doce meses de vida, ya que la educación genera prevención y, por lo tanto, se puede interceptar la patología bucal a esas edades tempranas. Así pues, se deberá conseguir que la visita al dentista sea un hábito más para mejorar la cooperación y la aceptación del profesional y de su tratamiento, desde antes de los primeros dientes de leche hasta la edad adulta.

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